Era de noche, las nubes
iluminaban la ciudad. Eran nubes de polvo de estrellas muertas de hace muchos
años. Su color: Turquesa, el mismo color que llevaría Sheyla la noche en la que
partió a aguas desconocidas por la ruta de los antiguos misioneros. Las calles olían
al perfume rosa de una mujer enamorada Los arboles lloraban con pasividad y el
aire de las calles vacías se llenó de una nostalgia boba; ella había muerto
hace 2 años las tijeras con que la apuñalaron fueron encontradas y quebradas
con dolor y furia apasionada por su asesino, un hombre frustrado que no terminó
de encontrar su reposo aún luego de haber confesado su crimen.
El reloj marcaba las 11:29 y
ella leía la historia de un crimen que nunca pasó. Las nubes se apagaban poco a
poco, empezaba a llover, si, era una lluvia de luces turquesa, como el brillo
sus ojos cuando lo vio. Él quitó de sus manos el manuscrito le tapó la boca y
la lanzó sobre la cama, le susurró al oído un te amo, como de los que se dicen
cuando uno se enamora por primera vez; Y soltándole la boca le dio un pico, el
primer beso que se dieron desde que se amaban, hace 2 años, cuando él fue a
darle la noticia de la muerte de su tía. La cargó mientras lo miraba con ojos
de amor y bajando por el balcón, la colocó en el techo de su camioneta 15
segundos antes de que alguien entrara en su cuarto con un arma que nunca se
disparó.
Afuera del conjunto residencial
habían 2 policías, custodios de la vida de Sheyla, él salió del conjunto mientras
ella se escondía debajo de su chaqueta por un momento cerró los ojos y se
enamoró un poco mas de ese aroma, ese olor dulce y fuerte que probó por vez
primera cuando hace 2 años él la abrazaba cuando ella se desmoronaba de
sollozando de dolor.
Ya puedes levantarte – Le dijo.
El reloj marcaba las 11:40
Vivía a las afuera de la ciudad,
así que pronto estuvieron en la carretera vía al mar. De repente la lluvia cesó
y el cielo se tornó rosa y una nostalgia apasionada dibujó en sus ojos deseo Frenó
bruscamente la osa mayor, la ultima de las estrellas del cielo visible brilló
con más intensidad cuando sus labios se juntaron, brilló verde esmeralda cuando
tocaron sus lenguas, enamoradas, temerosas, pero aún así llenas de una pasión
que llenó sus almas de un fuego que los fundió para siempre en el tiempo. Él recordó
que les quedaba poco tiempo, ella inundada de deseo, no sin antes oponerse dejó
de besarlo. – Debemos irnos – fue su excusa.
Aceleró y a eso de las 11:45
llegaron al puerto; ahí estaba él, el poeta enamorado que le había patrocinado
su escape, eran los últimos de un linaje que ya no se vería mas dentro de
muchos años; un linaje de hombres y mujeres de amor El poeta había perdido a su
enamorada, hace dos años asesinada por quien sería un enamorado de sentimientos
que se llenó de emociones por ella, quiso tenerla para sí, pero que nunca la
amó, desde entonces, el padre de la mujer rosa había prohibido el amor, tal
locura incoherente, indescifrable, impredecible, indescriptible e inigualable
que no tenía lugar donde la razón y el placer primaban; Esta decisión
determinante habría de ocasionar mas caos en una ciudad donde la avaricia y el
deseo hicieron que las estrellas lloraran de dolor y hambre al descubrir la
forma de volver esmeralda la luz de los astros.
El poeta se había ocultado detrás
de las vestiduras de un dramaturgo quebrado un pobre vago que nadie miraba, pero
con la capacidad de amar como ya pocos lo hacemos.
Sheyla subió al barco titulado
con el nombre de la amada del poeta en letras doradas decía
*#+¤$?ª
Supo que decía por que conoció
a la amada, pero nada quedaba del dorado ni de la caligrafía en oro que
evidenciaba el amor de un poeta por su musa. Eran las 11:56 cuando luego de las
explicaciones y las promesas ambos dijeron: <<Si, acepto>>
Y una última nostalgia llena
de esperanza hizo que zarparan estos dos enamorados. Sheyla lloraba de alegría hasta
que su alma fue herida y sus lágrimas se tiñeron de amargo luto con un grito de
dolor e impotencia al ver como la policía le quitaba la vida al poeta en el
muelle. Tantos disparos como lágrimas brotaron de las armas y de aquellos
amantes. La noche volvió a llorar, y una nostalgia triste pero descansada
vistió el polvo de azul mientras los últimos amantes de Rêverie huían por la
vieja ruta de los misioneros, él cayó al lado de un ancla de oro, oro más puro
que el de las coronas de todos los reyes de la tierra. Y al caer la media noche
dijo con suspiro enamorado ¡Ah! El amor eres tú, Dios.