lunes, julio 8

...al amanecer. ~

Casi podía sentir tu labio inferior medio mordido, preso de tu concentración al escribirme, el olor de tu perfume y el beso que sellaba este papel me trajeron un sabor amargo, como de un vino que nunca quiso madurar, pues había decidido no leerte más.
Pero no pude evitar querer seguir probando ese malévolo y cautivante veneno de tus palabras. Cada vez que me llevabas de vuelta a un beso, a una caricia, o una mirada, mi cuerpo era cobijado por un electrizante suspiro de pasión, que me dilataba las pupilas y me hacía agua la boca.
Yo besé más de una vez tus palabras, cazando desesperado cualquier otro pedazo de ti.
Lloré tres lágrimas por cada una de las tuyas derramadas en el papel.
Pues quería abrazarlas fuerte, muy fuerte, para no dejarlas morir solas.
Pero acabé la carta y mirando hacia el mismo paisaje que tantas veces te regalé, dibujé con mi alma cristalizada tu reflejo a la distancia.
Jamás habías sido tan real en mis fantasías, hasta que te vi llegar, besarme como si el quicio no tuviera parte con tu boca y me dejé asesinar del adictivo sabor de tu lengua.
Cuando te vi real frente a mis ojos, la lágrima que partió mi suelo en dos me trajo al piso, y llevó mis pies a la tierra antes que mi cuerpo saliera del aire flotante donde me habías dejado.
Y me di cuenta, el amor estaba, pero ahora no respondía a tus besos, y sin decirte más nada, te dejé correr al callarte con mi mirada divagante en el paisaje.
Y detrás de ti iba la noche, y tu anochecías con ella.
Yo, despertaba llorando, pero el sol me abrazó y el amor de la brisa me abrazó.
Mi dolor sabía a victoria, mientras, una última lágrima calló. Extrañándote, un pecado que condeno pero perdono, pues te amo.

- Epílogo -


"En ella era de noche..."