Casi podía sentir tu labio inferior medio mordido, preso de
tu concentración al escribirme, el olor de tu perfume y el beso que sellaba
este papel me trajeron un sabor amargo, como de un vino que nunca quiso
madurar, pues había decidido no leerte más.
Pero no pude evitar querer seguir probando ese malévolo y
cautivante veneno de tus palabras. Cada vez que me llevabas de vuelta a un
beso, a una caricia, o una mirada, mi cuerpo era cobijado por un electrizante
suspiro de pasión, que me dilataba las pupilas y me hacía agua la boca.
Yo besé más de una vez tus palabras, cazando desesperado
cualquier otro pedazo de ti.
Lloré tres lágrimas por cada una de las tuyas derramadas en
el papel.
Pues quería abrazarlas fuerte, muy fuerte, para no dejarlas
morir solas.
Pero acabé la carta y mirando hacia el mismo paisaje que tantas
veces te regalé, dibujé con mi alma cristalizada tu reflejo a la distancia.
Jamás habías sido tan real en mis fantasías, hasta que te vi
llegar, besarme como si el quicio no tuviera parte con tu boca y me dejé
asesinar del adictivo sabor de tu lengua.
Cuando te vi real frente a mis ojos, la lágrima que partió mi
suelo en dos me trajo al piso, y llevó mis pies a la tierra antes que mi cuerpo
saliera del aire flotante donde me habías dejado.
Y me di cuenta, el amor estaba, pero ahora no respondía a tus
besos, y sin decirte más nada, te dejé correr al callarte con mi mirada
divagante en el paisaje.
Y detrás de ti iba la noche, y tu anochecías con ella.
Yo, despertaba llorando, pero el sol me abrazó y el amor de
la brisa me abrazó.
Mi dolor sabía a victoria, mientras, una última lágrima
calló. Extrañándote, un pecado que condeno pero perdono, pues te amo.
- Epílogo -
"En ella era de noche..."