Ojalá las fronteras que tuviera contigo fueran solo las paredes.
Viajaría hasta ti con cartas debajo de tu puerta, cerraría cada frase que te escribo con un beso o una sonrisa, sabrías que te quiero y que, como todas las cosas maravillosas, te guardo un lugar en mi corazón.
Ojalá en paredes se convirtieran la tierra, el continente, el oceano y los mares, para por una ventana verde y pequeña, robarte sonrisas y bendecirte de lejos por dejarte colocar por Dios en la vida mia.
Quizá tus sonrisas sean tesoro de otros cielos, quizá es tu mirada fija en otras estrellas, pero si es la misma luna la que yo veo y la que tu ves, te enviaré poemas en cartas con los los blancos rayos de luna para que tu sonría brille en la noche de mis historias y yo pueda ser el sol que haga que el magnífico paisaje de tus encantos brillen.
Hermosa guerrera de corazón invaluable, tesoro en otro mundo que cómo un fantasma llegaste; si fueran paredes los mares que nos separan ya les habría derribado por conquistar tu sonrisa.
Y si la tierra fuese plana, hasta tu ventana, decoradas, llegarían flechas suspiradas, solo para divertirte contandote las historias que en una noche de luna, pensando en tus dulzuras, me hiciste escribir.
Le Rêve de votre Cœur
Estos poemas, estas historias, son todas una canción con una melodía exclusiva para la razón de mis escritos. De los desgarramientos del alma y marcadas cicatrices en el corazón, decido crear un ensueño, Rêverie, un estado donde mi espíritu encontró una realidad donde solo adorando puedo estar en paz. Estos poemas, estas historias, son para Dios.
jueves, agosto 1
martes, julio 9
~ Rêverie II ~
Era de tarde, no sé qué
horas exactamente, mi reloj se había quedado en la posada y hacia muchas nubes
que no veía el sol. El olor a cigarrillo en la camisa de rayas blancas del capitán
se mezclaba con el salubre del mar y la niebla que empezaba a invadir la nave. Habíamos
avanzado tanto mar adentro que incluso el gigantesco Varsdoc había dejado de
verse; Un monte tan imponente que era apreciable aún desde la isla pesquera más
remota de aquel país; hijos de un gran continente, personas de gran disciplina,
de ojos rasgados y piel tan blanca que se confundía con la niebla, pero aún
ellos, tradicionales y honorables hombres, hijos de la historia de sus padres,
olvidaron la ciudad.
Avistamos un barco
ballenero que regresaba; miradas cansadas y profundas ojeras hablaban de la
resignación que cargaban de donde venían, La fatiga y el cansancio estaba
adherida a sus almas como la sal del viento a sus labios marcados y secos. Uno
de ellos pareció reconocerme, lo había visto salir mal librado de una pelea la primera vez que conocí
al capitán en el puerto y recordé la advertencia del taxista al momento de
indicarle mi destino; con voz raspada y
profunda, como el amarrillo de su auto, me dijo: "Mucho cuidado con estos
hombres, son desventurados contadores de historias, borrachos embaucadores,
fantasiosos hijos de nadie que buscan tesoros en pescados". Una última parte de
sus palabras parecieron censurarse con el estropicio de un barco que se caía de
su apoyos en tierra, era un vejestorio cargado de sucio y percebes, pero
parecía proteger al puerto y a su gente.
El capitán cruzó
palabras con el capitán del ballenero, parecía indicarle que no encontraría
nada satisfactorio en esa dirección, luego el capitán me dijo que los
balleneros habían dejado una marca en la última boya como tradición y por
superstición; era un tributo al mar y a los tesoros de las aguas. No entendí
muy bien hasta que pronto llegamos a la boya. Había distintas inscripciones,
todas talladas a mano; Había dibujos de peces con ojos brillantes, otras eran
letanías a peces de ojos verdes, otros hablaban de estrellas enterradas en el
mar.
Cuando terminé de ojearlas todas, miré a la punta de la boya, había una
urna con una esmeralda pequeña pero brillante y una inscripción abajo que le
pedí al Capitán me tradujera, me dijo que era un epitafio y la esmeralda
sellaba la lápida de una leyenda enterrada en una tumba de niebla y olvido.El epitafio condenaba:
"Aquí, entre la sal del aire y el olvido de la niebla, yacen muertas las fronteras con la nada, este pueblo jamás limitó con ninguna tierra ni mar mas allá de este punto."El capitán parecía estar convencido de las palabras de esta inscripción. Luego me fijé en el fino detalle de las barrillas y los grabados en el material. Era una boya hermosa, de un color esmeralda brillante, pero no reflejaba la luz, en cambio, parecía atraparla y digerirla, y en el proceso daba hermosos tonos monocromáticos; Le dije al capitán: - Sigamos - dudó por un momento, en sus ojos hubo miedo, ansiedad e incertidumbre, pero accedió. Luego de un trayecto largo a través de la niebla más profunda que haya visto. En lo más denso y obscuro de la salada falda de esa tarde, por fin llegamos.
Lo que solían ser grandes edificios, bodegas enormes que en su tiempo fueron estudios cinematográficos, me dieron la bienvenida, pero un vacío invadió el ámbito y nada parecía ya pertenecer a algún lugar. De repente, un naranja coloreó el rostro del capitán, la madera de la nave rechinó y el sol parecía tener un nuevo rostro desde ese lugar. Decidimos desembarcar, letras desgastadas en un puerto de carga decían:
Rêverie
Decidí bajarme y él capitán
no me acompañó, me hizo una cierta señal con las manos y me dio la bendición.
El se quedó en la embarcación orando; mientras, yo caminaba por las antiguas
calles de una ciudad que en algún tiempo fue protagonista de bellas y trágicas
historias de amor y valentía. La nostalgia que bañó sus avenidas el día en que
se fugó el último de sus amores había desaparecido; había llovido y estaba
húmedo el aire, las calles se veían tristes, el agua encharcada jugaba a ser las
lágrimas de una ciudad que lloraba para sus adentros. El sol comenzaba a
ponerse, y de él solo quedaban fragmentos que nubes de polvo semi brilloso a
veces dejaban entrar, la luz era de un azul grisáceo y me di cuenta que no había
cambiado la hora de los mosquitos, ni siquiera en este olvidado recuerdo de gloria
vacía.
Eran las 17:50 cuando llegué a la casa donde aquella noche partieron los
dos últimos amantes, fugitivos enamorados que huyeron de una codiciosa y
grandiosa ciudad por el camino de los antiguos misioneros. Rêverie era entonces
un botadero de escorias celestes. Los vestigios de una grandiosa ciudad devastada
por la nostalgia, la codicia y el amor, el ausente y esquivo amor. Entonces
escuché un chapoteó. No podía creerlo ¿Sería posible? ¿Habría alguien viviendo
en Rêverie luego de todos estos años? Decidí caminar con cautela, estaba a unas
cuadras de la casa de la que mi abuelo me había contado; me dijo que había conocido
a la enamorada que se fugó para siempre de la ciudad sin amor y que desde que se fugó
con su amado, la ciudad parecía haberse condenado. La última gota que lloró la
copa fue la sangre de un poeta viudo de su amada, que sacrificó su vida por
salvar el amor de un par de jóvenes. Volví a escuchar ruido
¡Detrás de mí!
¡A la
derecha!
¡Detrás de nuevo!
¡A la izquierda!
Adiós luz.
Abrí los ojos. No vi
nada. Era de noche y solo percibí un aroma, un dulce olor femenino; luego vi
una luz, un frasco lleno de luciérnagas purpuras que iluminaron su rostro, una
piel morena, mas tersa que la brisa de mañana en la campiña; una sonrisa intrépida
que sugería inocencia y pericia; unos ojos más brillantes que la última
estrella de la noche le pregunté: ¿Dónde estoy?
Me dijo – Shhhh... – Y me besó.
– Fin de la segunda
parte. –
lunes, julio 8
~ De la noche...
En ella era de noche, la poesía y los versos de amor que
dibujaban estrellas en sus noches, ya no estaban. Así de simple, era de noche.
Como en la playa cuando la noche cae y sin más rastros de luz, la luna queda
oculta tras el telón de las nubes nómadas de la oscuridad. Era una noche
simple, y llena de nada. Una forzada luz crepusculaba en el horizonte. El
vestigio de un amanecer que ahora moría. Eran sus viejos poemas. Guardados
entre notas y el polvo del que se llenan las cosas maravillosas cuando son
reemplazadas por la novedad. En un suspiro abrió el baúl de sus recuerdos.
Viajó a las noches sonrojadas, donde ella era su musa y él su poeta. Llegó
hasta aquella luz como una sombra al medio día, escondida debajo de los pies de
quien camina, como evitándose a sí misma la vergüenza. Vergüenza de auto
culparse por querer probar un viejo vicio. Cerró por fin sus ojos, consumó su
pecado contra ella misma. Y saboreó en sus labios mordidos un beso furtivo que
se escurría como un gemido entre palabras recordadas.
"Una fantasía
Suave y exquisita,
Un deleite dulce y apasionado,
Que adictivo fue para ti
Besar los besos de mi boca..."
Y ahí estaba de nuevo. Otro mal sueño que le agitaba el
corazón. Con un suspiro y una lagrima agridulce; Consolando su conciencia,
abrazó su almohada. Se dijo a sí misma, solo es un sueño. Antes de orar, se
secó la lágrima. Condenó a su necio pensamiento. Y se trago su beso traidor.
Solo otra noche. Ya pasará.
...al amanecer. ~
Casi podía sentir tu labio inferior medio mordido, preso de
tu concentración al escribirme, el olor de tu perfume y el beso que sellaba
este papel me trajeron un sabor amargo, como de un vino que nunca quiso
madurar, pues había decidido no leerte más.
Pero no pude evitar querer seguir probando ese malévolo y
cautivante veneno de tus palabras. Cada vez que me llevabas de vuelta a un
beso, a una caricia, o una mirada, mi cuerpo era cobijado por un electrizante
suspiro de pasión, que me dilataba las pupilas y me hacía agua la boca.
Yo besé más de una vez tus palabras, cazando desesperado
cualquier otro pedazo de ti.
Lloré tres lágrimas por cada una de las tuyas derramadas en
el papel.
Pues quería abrazarlas fuerte, muy fuerte, para no dejarlas
morir solas.
Pero acabé la carta y mirando hacia el mismo paisaje que tantas
veces te regalé, dibujé con mi alma cristalizada tu reflejo a la distancia.
Jamás habías sido tan real en mis fantasías, hasta que te vi
llegar, besarme como si el quicio no tuviera parte con tu boca y me dejé
asesinar del adictivo sabor de tu lengua.
Cuando te vi real frente a mis ojos, la lágrima que partió mi
suelo en dos me trajo al piso, y llevó mis pies a la tierra antes que mi cuerpo
saliera del aire flotante donde me habías dejado.
Y me di cuenta, el amor estaba, pero ahora no respondía a tus
besos, y sin decirte más nada, te dejé correr al callarte con mi mirada
divagante en el paisaje.
Y detrás de ti iba la noche, y tu anochecías con ella.
Yo, despertaba llorando, pero el sol me abrazó y el amor de
la brisa me abrazó.
Mi dolor sabía a victoria, mientras, una última lágrima
calló. Extrañándote, un pecado que condeno pero perdono, pues te amo.
- Epílogo -
"En ella era de noche..."
~ Rêverie ~
Era de noche, las nubes
iluminaban la ciudad. Eran nubes de polvo de estrellas muertas de hace muchos
años. Su color: Turquesa, el mismo color que llevaría Sheyla la noche en la que
partió a aguas desconocidas por la ruta de los antiguos misioneros. Las calles olían
al perfume rosa de una mujer enamorada Los arboles lloraban con pasividad y el
aire de las calles vacías se llenó de una nostalgia boba; ella había muerto
hace 2 años las tijeras con que la apuñalaron fueron encontradas y quebradas
con dolor y furia apasionada por su asesino, un hombre frustrado que no terminó
de encontrar su reposo aún luego de haber confesado su crimen.
El reloj marcaba las 11:29 y
ella leía la historia de un crimen que nunca pasó. Las nubes se apagaban poco a
poco, empezaba a llover, si, era una lluvia de luces turquesa, como el brillo
sus ojos cuando lo vio. Él quitó de sus manos el manuscrito le tapó la boca y
la lanzó sobre la cama, le susurró al oído un te amo, como de los que se dicen
cuando uno se enamora por primera vez; Y soltándole la boca le dio un pico, el
primer beso que se dieron desde que se amaban, hace 2 años, cuando él fue a
darle la noticia de la muerte de su tía. La cargó mientras lo miraba con ojos
de amor y bajando por el balcón, la colocó en el techo de su camioneta 15
segundos antes de que alguien entrara en su cuarto con un arma que nunca se
disparó.
Afuera del conjunto residencial
habían 2 policías, custodios de la vida de Sheyla, él salió del conjunto mientras
ella se escondía debajo de su chaqueta por un momento cerró los ojos y se
enamoró un poco mas de ese aroma, ese olor dulce y fuerte que probó por vez
primera cuando hace 2 años él la abrazaba cuando ella se desmoronaba de
sollozando de dolor.
Ya puedes levantarte – Le dijo.
El reloj marcaba las 11:40
Vivía a las afuera de la ciudad,
así que pronto estuvieron en la carretera vía al mar. De repente la lluvia cesó
y el cielo se tornó rosa y una nostalgia apasionada dibujó en sus ojos deseo Frenó
bruscamente la osa mayor, la ultima de las estrellas del cielo visible brilló
con más intensidad cuando sus labios se juntaron, brilló verde esmeralda cuando
tocaron sus lenguas, enamoradas, temerosas, pero aún así llenas de una pasión
que llenó sus almas de un fuego que los fundió para siempre en el tiempo. Él recordó
que les quedaba poco tiempo, ella inundada de deseo, no sin antes oponerse dejó
de besarlo. – Debemos irnos – fue su excusa.
Aceleró y a eso de las 11:45
llegaron al puerto; ahí estaba él, el poeta enamorado que le había patrocinado
su escape, eran los últimos de un linaje que ya no se vería mas dentro de
muchos años; un linaje de hombres y mujeres de amor El poeta había perdido a su
enamorada, hace dos años asesinada por quien sería un enamorado de sentimientos
que se llenó de emociones por ella, quiso tenerla para sí, pero que nunca la
amó, desde entonces, el padre de la mujer rosa había prohibido el amor, tal
locura incoherente, indescifrable, impredecible, indescriptible e inigualable
que no tenía lugar donde la razón y el placer primaban; Esta decisión
determinante habría de ocasionar mas caos en una ciudad donde la avaricia y el
deseo hicieron que las estrellas lloraran de dolor y hambre al descubrir la
forma de volver esmeralda la luz de los astros.
El poeta se había ocultado detrás
de las vestiduras de un dramaturgo quebrado un pobre vago que nadie miraba, pero
con la capacidad de amar como ya pocos lo hacemos.
Sheyla subió al barco titulado
con el nombre de la amada del poeta en letras doradas decía
*#+¤$?ª
Supo que decía por que conoció
a la amada, pero nada quedaba del dorado ni de la caligrafía en oro que
evidenciaba el amor de un poeta por su musa. Eran las 11:56 cuando luego de las
explicaciones y las promesas ambos dijeron: <<Si, acepto>>
Y una última nostalgia llena
de esperanza hizo que zarparan estos dos enamorados. Sheyla lloraba de alegría hasta
que su alma fue herida y sus lágrimas se tiñeron de amargo luto con un grito de
dolor e impotencia al ver como la policía le quitaba la vida al poeta en el
muelle. Tantos disparos como lágrimas brotaron de las armas y de aquellos
amantes. La noche volvió a llorar, y una nostalgia triste pero descansada
vistió el polvo de azul mientras los últimos amantes de Rêverie huían por la
vieja ruta de los misioneros, él cayó al lado de un ancla de oro, oro más puro
que el de las coronas de todos los reyes de la tierra. Y al caer la media noche
dijo con suspiro enamorado ¡Ah! El amor eres tú, Dios.
~ Aquí comienza mi historia. ~
-Prólogo-
"Imagina que todos los seres humanos quitados de la faz de la tierra, excepto un hombre. Imagina a este hombre en alguna gran ciudad, Nueva York o Londres. Imagina a este hombre en su tercer o cuarto día de su soledad sentado en una casa y escuchando el timbre de la puerta"
-Fredric Brown
Esta es una historia donde el terror se convierte en
esperanza, donde la soledad se convierte en el camino a la compañía.
Esta es una historia que le devuelve el sentido a la vida
humana y nos recuerda un propósito olvidado.
Esta es la primera vez que siento su ausencia, y no hablo de
una persona específica, hablo de la humanidad entera. Hace tres días que todo
está así, el silencio en las calles, los perros desesperados por encontrar
comida, y las puertas de las casa batiéndose al son del viento. No había
extrañado nadie hasta ahora, justo en este momento. Esta precisa noche. Comencé
a notar la extrañeza de caminar sin tener que preocuparme nada más que por mis
pasos; casi puedo oírlos rebotar en las paredes y la acera.
He comprobado que la mayoría de casas y locales del
vecindario están desprotegidas, me he dado a la tarea de sacar de sus casas a
los perros que puedo escuchar, con la esperanza de encontrar a alguien más o en
el peor de los casos, un cadáver, pero ¡necesito ver a alguien!
A pesar que nada me impide entrar a donde plazca, no dejo de
sentir la necesidad de regresar a casa, encontrarme con mis confidentes por
excelencia, mi almohada, a la que llamo muñeca, y el silencio, lienzo por
excelencia de mis pensamientos; pero, hay algo mas esta vez, siento que fuera
de mi hay alguien más, dudo si es mi miedo que inspiró la necesidad de hallar
alguien más, o una esperanza certera de que aún en esta soledad, no estoy solo.
Sea lo que sea, sé que hay alguien más ahí, y lo voy a encontrar. Por esta
noche, creo que es preciso que llore a la humanidad, es un tributo en la
intimidad que les rindo. Les extraño.
Soy el último hombre sobre la tierra, y estoy seguro que
veré los ojos de quien sea que comparta esta noche conmigo.
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