martes, julio 9

~ Rêverie II ~

Era de tarde, no sé qué horas exactamente, mi reloj se había quedado en la posada y hacia muchas nubes que no veía el sol. El olor a cigarrillo en la camisa de rayas blancas del capitán se mezclaba con el salubre del mar y la niebla que empezaba a invadir la nave. Habíamos avanzado tanto mar adentro que incluso el gigantesco Varsdoc había dejado de verse; Un monte tan imponente que era apreciable aún desde la isla pesquera más remota de aquel país; hijos de un gran continente, personas de gran disciplina, de ojos rasgados y piel tan blanca que se confundía con la niebla, pero aún ellos, tradicionales y honorables hombres, hijos de la historia de sus padres, olvidaron la ciudad.

Avistamos un barco ballenero que regresaba; miradas cansadas y profundas ojeras hablaban de la resignación que cargaban de donde venían, La fatiga y el cansancio estaba adherida a sus almas como la sal del viento a sus labios marcados y secos. Uno de ellos pareció reconocerme, lo había visto salir mal  librado de una pelea la primera vez que conocí al capitán en el puerto y recordé la advertencia del taxista al momento de indicarle mi destino; con voz  raspada y profunda, como el amarrillo de su auto, me dijo: "Mucho cuidado con estos hombres, son desventurados contadores de historias, borrachos embaucadores, fantasiosos hijos de nadie que buscan tesoros en pescados". Una última parte de sus palabras parecieron censurarse con el estropicio de un barco que se caía de su apoyos en tierra, era un vejestorio cargado de sucio y percebes, pero parecía proteger al puerto y a su gente.

El capitán cruzó palabras con el capitán del ballenero, parecía indicarle que no encontraría nada satisfactorio en esa dirección, luego el capitán me dijo que los balleneros habían dejado una marca en la última boya como tradición y por superstición; era un tributo al mar y a los tesoros de las aguas. No entendí muy bien hasta que pronto llegamos a la boya. Había distintas inscripciones, todas talladas a mano; Había dibujos de peces con ojos brillantes, otras eran letanías a peces de ojos verdes, otros hablaban de estrellas enterradas en el mar. 

Cuando terminé de ojearlas todas, miré a la punta de la boya, había una urna con una esmeralda pequeña pero brillante y una inscripción abajo que le pedí al Capitán me tradujera, me dijo que era un epitafio y la esmeralda sellaba la lápida de una leyenda enterrada en una tumba de niebla y olvido.El epitafio condenaba:
 "Aquí, entre la sal del aire y el olvido de la niebla, yacen muertas las fronteras con la nada, este pueblo jamás limitó con ninguna tierra ni mar mas allá de este punto."
El capitán parecía estar convencido de las palabras de esta inscripción. Luego me fijé en el fino detalle de las barrillas y los grabados en el material. Era una boya hermosa, de un color esmeralda brillante, pero no reflejaba la luz, en cambio, parecía atraparla y digerirla, y en el proceso daba hermosos tonos monocromáticos; Le dije al capitán: - Sigamos - dudó por un momento, en sus ojos hubo miedo, ansiedad e incertidumbre, pero accedió. Luego de un trayecto largo a través de la niebla más profunda que haya visto. En lo más denso y obscuro de la salada falda de esa tarde, por fin llegamos. 

Lo que solían ser grandes edificios, bodegas enormes que en su tiempo fueron estudios cinematográficos, me dieron la bienvenida, pero un vacío invadió el ámbito y nada parecía ya pertenecer a algún lugar. De repente, un naranja coloreó el rostro del capitán, la madera de la nave rechinó y el sol parecía tener un nuevo rostro desde ese lugar. Decidimos desembarcar, letras desgastadas en un puerto de carga decían:
 Rêverie
Decidí bajarme y él capitán no me acompañó, me hizo una cierta señal con las manos y me dio la bendición. El se quedó en la embarcación orando; mientras, yo caminaba por las antiguas calles de una ciudad que en algún tiempo fue protagonista de bellas y trágicas historias de amor y valentía. La nostalgia que bañó sus avenidas el día en que se fugó el último de sus amores había desaparecido; había llovido y estaba húmedo el aire, las calles se veían tristes, el agua encharcada jugaba a ser las lágrimas de una ciudad que lloraba para sus adentros. El sol comenzaba a ponerse, y de él solo quedaban fragmentos que nubes de polvo semi brilloso a veces dejaban entrar, la luz era de un azul grisáceo y me di cuenta que no había cambiado la hora de los mosquitos, ni siquiera en este olvidado recuerdo de gloria vacía. 

Eran las 17:50 cuando llegué a la casa donde aquella noche partieron los dos últimos amantes, fugitivos enamorados que huyeron de una codiciosa y grandiosa ciudad por el camino de los antiguos misioneros. Rêverie era entonces un botadero de escorias celestes. Los vestigios de una grandiosa ciudad devastada por la nostalgia, la codicia y el amor, el ausente y esquivo amor. Entonces escuché un chapoteó. No podía creerlo ¿Sería posible? ¿Habría alguien viviendo en Rêverie luego de todos estos años? Decidí caminar con cautela, estaba a unas cuadras de la casa de la que mi abuelo me había contado; me dijo que había conocido a la enamorada que se fugó para siempre  de la ciudad sin amor y que desde que se fugó con su amado, la ciudad parecía haberse condenado. La última gota que lloró la copa fue la sangre de un poeta viudo de su amada, que sacrificó su vida por salvar el amor de un par de jóvenes. Volví a escuchar ruido

¡Detrás de mí!

¡A la derecha!

¡Detrás de nuevo!

¡A la izquierda!

Adiós luz.

Abrí los ojos. No vi nada. Era de noche y solo percibí un aroma, un dulce olor femenino; luego vi una luz, un frasco lleno de luciérnagas purpuras que iluminaron su rostro, una piel morena, mas tersa que la brisa de mañana en la campiña; una sonrisa intrépida que sugería inocencia y pericia; unos ojos más brillantes que la última estrella de la noche le pregunté: ¿Dónde estoy?

Me dijo – Shhhh... – Y me besó.

– Fin de la segunda parte. –