Era de tarde, no sé qué
horas exactamente, mi reloj se había quedado en la posada y hacia muchas nubes
que no veía el sol. El olor a cigarrillo en la camisa de rayas blancas del capitán
se mezclaba con el salubre del mar y la niebla que empezaba a invadir la nave. Habíamos
avanzado tanto mar adentro que incluso el gigantesco Varsdoc había dejado de
verse; Un monte tan imponente que era apreciable aún desde la isla pesquera más
remota de aquel país; hijos de un gran continente, personas de gran disciplina,
de ojos rasgados y piel tan blanca que se confundía con la niebla, pero aún
ellos, tradicionales y honorables hombres, hijos de la historia de sus padres,
olvidaron la ciudad.
Avistamos un barco
ballenero que regresaba; miradas cansadas y profundas ojeras hablaban de la
resignación que cargaban de donde venían, La fatiga y el cansancio estaba
adherida a sus almas como la sal del viento a sus labios marcados y secos. Uno
de ellos pareció reconocerme, lo había visto salir mal librado de una pelea la primera vez que conocí
al capitán en el puerto y recordé la advertencia del taxista al momento de
indicarle mi destino; con voz raspada y
profunda, como el amarrillo de su auto, me dijo: "Mucho cuidado con estos
hombres, son desventurados contadores de historias, borrachos embaucadores,
fantasiosos hijos de nadie que buscan tesoros en pescados". Una última parte de
sus palabras parecieron censurarse con el estropicio de un barco que se caía de
su apoyos en tierra, era un vejestorio cargado de sucio y percebes, pero
parecía proteger al puerto y a su gente.
El capitán cruzó
palabras con el capitán del ballenero, parecía indicarle que no encontraría
nada satisfactorio en esa dirección, luego el capitán me dijo que los
balleneros habían dejado una marca en la última boya como tradición y por
superstición; era un tributo al mar y a los tesoros de las aguas. No entendí
muy bien hasta que pronto llegamos a la boya. Había distintas inscripciones,
todas talladas a mano; Había dibujos de peces con ojos brillantes, otras eran
letanías a peces de ojos verdes, otros hablaban de estrellas enterradas en el
mar.
Cuando terminé de ojearlas todas, miré a la punta de la boya, había una
urna con una esmeralda pequeña pero brillante y una inscripción abajo que le
pedí al Capitán me tradujera, me dijo que era un epitafio y la esmeralda
sellaba la lápida de una leyenda enterrada en una tumba de niebla y olvido.El epitafio condenaba:
"Aquí, entre la sal del aire y el olvido de la niebla, yacen muertas las fronteras con la nada, este pueblo jamás limitó con ninguna tierra ni mar mas allá de este punto."El capitán parecía estar convencido de las palabras de esta inscripción. Luego me fijé en el fino detalle de las barrillas y los grabados en el material. Era una boya hermosa, de un color esmeralda brillante, pero no reflejaba la luz, en cambio, parecía atraparla y digerirla, y en el proceso daba hermosos tonos monocromáticos; Le dije al capitán: - Sigamos - dudó por un momento, en sus ojos hubo miedo, ansiedad e incertidumbre, pero accedió. Luego de un trayecto largo a través de la niebla más profunda que haya visto. En lo más denso y obscuro de la salada falda de esa tarde, por fin llegamos.
Lo que solían ser grandes edificios, bodegas enormes que en su tiempo fueron estudios cinematográficos, me dieron la bienvenida, pero un vacío invadió el ámbito y nada parecía ya pertenecer a algún lugar. De repente, un naranja coloreó el rostro del capitán, la madera de la nave rechinó y el sol parecía tener un nuevo rostro desde ese lugar. Decidimos desembarcar, letras desgastadas en un puerto de carga decían:
Rêverie
Decidí bajarme y él capitán
no me acompañó, me hizo una cierta señal con las manos y me dio la bendición.
El se quedó en la embarcación orando; mientras, yo caminaba por las antiguas
calles de una ciudad que en algún tiempo fue protagonista de bellas y trágicas
historias de amor y valentía. La nostalgia que bañó sus avenidas el día en que
se fugó el último de sus amores había desaparecido; había llovido y estaba
húmedo el aire, las calles se veían tristes, el agua encharcada jugaba a ser las
lágrimas de una ciudad que lloraba para sus adentros. El sol comenzaba a
ponerse, y de él solo quedaban fragmentos que nubes de polvo semi brilloso a
veces dejaban entrar, la luz era de un azul grisáceo y me di cuenta que no había
cambiado la hora de los mosquitos, ni siquiera en este olvidado recuerdo de gloria
vacía.
Eran las 17:50 cuando llegué a la casa donde aquella noche partieron los
dos últimos amantes, fugitivos enamorados que huyeron de una codiciosa y
grandiosa ciudad por el camino de los antiguos misioneros. Rêverie era entonces
un botadero de escorias celestes. Los vestigios de una grandiosa ciudad devastada
por la nostalgia, la codicia y el amor, el ausente y esquivo amor. Entonces
escuché un chapoteó. No podía creerlo ¿Sería posible? ¿Habría alguien viviendo
en Rêverie luego de todos estos años? Decidí caminar con cautela, estaba a unas
cuadras de la casa de la que mi abuelo me había contado; me dijo que había conocido
a la enamorada que se fugó para siempre de la ciudad sin amor y que desde que se fugó
con su amado, la ciudad parecía haberse condenado. La última gota que lloró la
copa fue la sangre de un poeta viudo de su amada, que sacrificó su vida por
salvar el amor de un par de jóvenes. Volví a escuchar ruido
¡Detrás de mí!
¡A la
derecha!
¡Detrás de nuevo!
¡A la izquierda!
Adiós luz.
Abrí los ojos. No vi
nada. Era de noche y solo percibí un aroma, un dulce olor femenino; luego vi
una luz, un frasco lleno de luciérnagas purpuras que iluminaron su rostro, una
piel morena, mas tersa que la brisa de mañana en la campiña; una sonrisa intrépida
que sugería inocencia y pericia; unos ojos más brillantes que la última
estrella de la noche le pregunté: ¿Dónde estoy?
Me dijo – Shhhh... – Y me besó.
– Fin de la segunda
parte. –